Semejante a un leopardo:

El leopardo es un animal feroz y carnívoro, notable por su velocidad y la agilidad de sus movimientos (ver Hab. 1: 8; Ose. 13: 7).

El poder que habría de seguir al Imperio Persa se identifica en el cap. 8: 21 como "Grecia" . Esta "Grecia" no debe confundirse con la Grecia del período clásico, ya que ese período precedió a la caída de Persia. La "Grecia" que figura en Daniel corresponde con el imperio semigriego y macedónico de Alejandro Magno (ver com. cap. 2: 39), que dio comienzo a la época que conocemos como período helenístico. Antes de Alejandro no se podría hacer referencia al "rey primero" (cap. 8: 21) de un imperio griego, como "un rey valiente" que tenía "gran poder" (cap. 11: 3).

En 336 a. C. Alejandro heredó el trono de Macedonia, Estado semigriego en la frontera norte de Grecia. El padre de Alejandro, Filipo, ya había unido bajo su dominio a la mayoría de las ciudades-estados de Grecia por el año 338 a. C. Alejandro demostró su temple al aplastar revoluciones en Grecia y Tracia. Después de haber restablecido el orden en su propio reino, Alejandro se lanzó a la tarea de conquistar el Imperio Persa, ambición que había heredado de su padre. Entre los factores que impulsaban al joven rey a llevar a cabo sus planes estaban la ambición personal, la necesidad de expansión económica, el deseo de difundir la cultura griega y una animosidad natural contra los persas a causa de guerras anteriores con sus compatriotas.

En 334 a. C. Alejandro cruzó el Helesponto y entró en territorio persa con sólo 35.000 hombres, la insignificante suma de 70 talentos en efectivo y provisiones para sólo un mes. La campaña fue una serie de triunfos. La primera victoria fue lograda en Gránico, la segunda en Iso al año siguiente y otra en Tiro un año después. Pasando por Palestina, Alejandro conquistó Gaza y después entró en Egipto virtualmente sin oposición. Allí en el año 331 a. C. fundó la ciudad de Alejandría. Se declaró a sí mismo sucesor de los faraones y sus tropas lo aclamaron como un dios. Cuando nuevamente ese año emprendió la marcha, dirigió sus ejércitos hacia Mesopotamia, el corazón del Imperio Persa. Los persas le hicieron frente cerca de Arbela, al este de la confluencia de los ríos Tigris y Gran Zab, pero sus fuerzas fueron derrotadas y se dieron a la huida. Las fabulosas riquezas del mayor imperio mundial estaban a disposición del joven rey de 25 años de edad.

Después de una organización preliminar de su imperio, Alejandro prosiguió sus conquistas hacia el norte y hacia el este. Por el año 329 a. C. ya había tomado Maracanda, que es ahora Samarcanda, en el Turquestán. Dos años más tarde invadió la parte noroeste de la India. Sin embargo, poco después de cruzar el río Indo, sus tropas rehusaron seguir más adelante, y se vio obligado a acceder a sus deseos. De vuelta en Persia y Mesopotamia, Alejandro debió encarar la gran tarea de organizar la administración de sus territorios. En 323 a. C. estableció su capital en Babilonia, ciudad que aún conservaba recuerdos de la gloria del tiempo de Nabucodonosor. En el mismo año, después de excederse en la bebida, Alejandro cayó enfermo y murió de "fiebre de los pantanos", que se cree era el antiguo nombre de la malaria (paludismo) o de una enfermedad similar.

Cuatro alas de ave.

Aunque el leopardo en sí es un animal veloz, su agilidad natural parece ser inadecuada para describir la asombrosa velocidad de las conquistas de Alejandro. La visión simbólica representaba al animal con alas que se le añadían, no sólo dos sino cuatro, que denotan una velocidad superlativa. El símbolo describe muy adecuadamente la velocidad fulmínea con que Alejandro y sus macedonios en menos de una década llegaron a adueñarse del mayor de los imperios que el mundo había conocido. No hay otro ejemplo, en tiempos antiguos, de movimientos tan rápidos y exitosos de un ejército tan grande.

Cuatro cabezas.

Evidentemente equivalen a los cuatro cuernos del macho cabrío, que representaban los cuatro reinos (que después se redujeron a tres) que ocuparon el territorio conquistado fugazmente por Alejandro (ver com. cap. 8: 8, 20-22). Sin embargo, durante algunos años los generales macedonios de Alejandro intentaron conservar -en teoría si no en la realidad- la unidad del vasto 849 imperio. Alejandro murió sin arreglar la sucesión de su trono. Primero su medio hermano Felipe, débil mental, y después su hijo póstumo, Alejandro, fueron reyes titulares bajo la regencia de uno u otro de los generales, y el imperio dividido en un gran número de provincias, las más importantes de las cuales fueron regidas por unos seis generales principales que actuaron como sátrapas (ver mapa A, p. 850).

Pero la autoridad central -es decir, los regentes de los dos reyes títeres- nunca fue lo suficientemente fuerte como para unir al vasto imperio. Después de unos doce años de luchas internas, durante las cuales el dominio de diversas zonas del territorio cambió de mano repetidas veces y en los que ambos reyes fueron muertos, Antígono surgió como el último de los pretendientes al poder central sobre todo el imperio. Se le oponía una coalición de cuatro poderosos caudillos: Casandro, Lisímaco, Seleuco y Ptolomeo, que tenían la intención de dividirse el territorio entre ellos. En 306 a. C. Antígono se declaró rey (conjuntamente con su hijo Demetrio) de toda la nación y sucesor de Alejandro. Ante esto, los cuatro aliados, dejando su título inferior de sátrapas, se declararon reyes de sus respectivos territorios (ver mapa B, p. 850).

La larga lucha a muerte entre los defensores de la unidad bajo el cetro de Antígono y Demetrio y los partidarios de la partición entre los cuatro generales fue resuelta en la batalla de Ipso en 301 a. C, Antígono fue muerto, Demetrio huyó y su territorio fue dividido. Con excepción de pequeños fragmentos, esto dejó en pie cuatro reinos independientes (ver mapa C, p. 851) en lugar del inmenso imperio que Alejandro había formado pero que no había logrado consolidar. Ptolomeo tenía Egipto, Palestina y parte de Siria; Casandro dominaba Macedonia con soberanía nominal sobre Grecia; Lisímaco tenía Tracia y una gran parte del Asia Menor; y Seleuco poseía la mayor parte de lo que había sido el Imperio Persa: parte del Asia Menor, el norte de Siria, Mesopotamia y el oriente. Demetrio, sólo quedó con la flota y varias ciudades costeras que no llegaron a conformar un reino, aunque más tarde desplazó a los herederos de Casandro y fundó la dinastía antigónida en Macedonia.

Unos 20 años después de la división, los cuatro se redujeron a tres, porque Lisímaco fue eliminado (ver mapa D, 851). Gran parte de su territorio fue tomado por el imperio seléucida, pero parte fue invadida por los galos o se desintegró en pequeños Estados independientes. El más importante de ellos fue Pérgamo. Pero Macedonia, Egipto el territorio seléucida (a veces conocido como Siria, porque la parte oriental pronto se perdió) continuaron como las tres principales divisiones del ex- imperio de Alejandro, has que fueron absorbidas, una a una, por el Imperio Romano.

Muchos historiadores, especialmente escritores de libros de texto, que deben eliminar los detalles para dar una visión globa pasan por alto la división en cuatro y sólo mencionan la posterior y más duradera división en tres reinos principales, que retuvieron su identidad hasta tiempos del Imperio Romano.

Algunos intentan buscar la continuación de los cuatro reinos hasta el período romano, contando a Pérgamo como sucesor del efímero reino de Lisímaco. Pero si hablamos de tres reinos principales y del reino mucho menor de Pérgamo, o de tres reinos más un grupo de Estados más pequeños, es notable que en el momento crítico -cuando fracasó la última esperanza de mantener unido al imperio de Alejandro, y se hizo inevitable la división- todo el territorio, excepto fragmento menores, se dividió en cuatro reinos (ver mapa C, p. 851) como lo especificaba la profecía (cap. 8: 22).

El imperio de Alejandro, aun cuando estuvo dividido, todavía era una continuación una realización del ideal de su fundador: un mundo greco-macedónico-asiático de pueblos diferentes unidos por el idioma, el pensamiento y la civilización de los griegos. Excepto la centralización política, el mundo henístico constituía una unidad como lo había sido bajo el reinado de Alejandro, y mucho más de lo que jamás había sido antes. Esto estaba representado en forma adecuada por una sola bestia con cabezas múltiples (o, en cap. 8, con cuernos múltiples). Con relación al período helenístico y el surgimiento de Roma, ver el artículo sobre el período intertestamentario en el t. V.

Comentario Bíblico Adventista Tomo 4

 

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